viernes, 28 de noviembre de 2014

El PUENTE córdoba-cordova. Observación sobre la obra El Puente de Carlos Gorostiza

Ver todo con los lentes del teatro que compré en alguna feria,

 a la que ya no recuerdo.


El domingo en una terraza del barrio de Almagro, conocí a Rojo Cordova, conversamos entusiastas del teatro y del slam de México y de Buenos Aires; cayó en la cuenta de que se tenía que tomar el avión al otro día, antes de lo que suponía y que por lo tanto no podría asistir a la función de la obra “El Puente”, entonces me obsequió la entrada y yo ahora le cuento lo que me pasó en la función pero antes hago un recorte personal de lo que para mí significa el autor para la escena nacional.

Carlos Gorostiza, junto con Tito Cossa y entre otros, son representantes de lo que se conoce como la nueva dramaturgia nacional o generación del 60.  Dirigió la primera puesta de El Puente en 1949, junto con Pedro Doril en el Teatro de La Máscara. Este teatro, junto con el del Pueblo, y el desaparecido Juan B Justo, en 1943 tuvieron que desalojar las salas que poseían por concesión municipal. Las autoridades que les quitaron los locales lo hicieron con un propósito calculado: eran salas independientes y tenían un real compromiso político,  “La actitud correspondía a un plan de vastos alcances políticos que procuraba el estrangulamiento de las actividades artístico culturales más importantes del país, al mismo tiempo que regimentaba y planificaba desde los textos escolares hasta las libertades ciudadanas.”[1] Esto resuena, tiene parentesco con el escenario actual de los centros culturales que están siendo clausurados en la Ciudad de Buenos Aires.
Gorostiza de formación autodidacta, empezó a trabajar a los 14 años como taquígrafo en la empresa Bunge & Born su salario lo destinaba a solventar el hogar y algunos chingolos a las salidas al Centro con la barra de amigos, “íbamos al cine, comíamos  pizza de parado y lo acompañábamos con moscato”. En los tiempos libres leía todo lo que podía y sus amigos fueron su influencia en la selección de textos;  se inició como titiritero y empezó a asistir al teatro. También le interesaba bastante el fútbol. A lo mejor se haya inspirado en esos amigos para los personajes de El Puente, como sea, los amigos conducen la acción en la obra, juegan un rol fundamental.
La puesta de “Crimen y Castigo” dirigida por Fulvio Tulluy, en la que Gorostiza era actor,  fue censurada porque Dostoievski era ruso, de la obra “El fabricante de piolín” se extrajeron diálogos enteros, a la película de “El Puente” se le colocó un cartel de advertencia “Estos problemas ya han sido superados”  y ese mismo “gobierno se declaró neutral durante la segunda guerra mundial, disimulando su adhesión al eje Berlín Tokio”[2], por eso Gorostiza tuvo una posición critica del peronismo y empatizó primero con el partido comunista y con el advenimiento de la democracia con el radicalismo del que formó parte durante el gobierno de Alfonsín como secretario de cultura.
La primera puesta de El Puente generó controversias por la novedad de las referencias intertextuales inmediatas con el plano social político y económico. Una anécdota puede precisarlo mejor: Héctor Agosti y Raúl Larra lo invitaron una charla en  la redacción del periódico comunista “La orientación”; la obra había sido criticada por corresponsales de ese periódico  y  entonces  la comisión de cultura del partido, llamo a reunión general  y en ella resolvieron que “El Puente” era una obra que dignificaba la escena argentina”.

65 años después en la Sala Leónidas Barletta del Teatro del Pueblo, una chica con movimientos gimnásticos golpea sus talones y acompaña a los espectadores a sus ubicaciones, suena un vals (violín, bandoneón y contrabajo), hay una luz ambiente sobre la platea y una luz direccionada sobre una puerta en el centro del escenario a la italiana. Se demora unos minutos el comienzo, porque la sala está llena. Es la última función, la dirección está a cargo de  Leopoldo Minotti [3].  Es una puesta arqueológica, (no estoy habituada a ver este tipo de teatro) que intenta ser fiel a la puesta original, que los elementos que aparecen en la escena, el texto, los vestuarios, la escenografía tienen como referencia inmediata a la puesta original. Incluso de la elección de los actores participó el autor. Me corro del lugar  de espectadora de obras producidas bajo la lógica de dramaturgia del actor y El Teatro del Pueblo que tiene un aura particular por toda la historia que lleva, más la recepción general que fue atenta y el hecho de que era la última función, hicieron lo necesario para que conectara con los actores-puente y a través de su relato corporal con el lenguaje poético de toda la obra. Fue muy gratificante ver el juego sonso, el chicaneo  de esos jóvenes que se sientan en cualquier umbral para charlar, ¿a dónde podrían ir sino? Los vecinos refunfuneando, mirándolos mal. En un momento uno de ellos cuenta que le dijo al almacenero “la vereda no es suya don” Y las bromas siguen y se filtran los problemas de dinero y el mandato del sacrificio para ganarse el pan, las deudas, también el enamoramiento, el temor a no repetir la historia de los padres.  Hay un apagón y en el segundo acto muta el escenario, se convierte en un living y somos testigos de la cotidianeidad de una familia burguesa, un padre con algunas ideas liberales pero que sólo las enuncia, que es jugador, que ha perdido una fortuna, una hija casada no por amor sino por sostener su statu quo, un hermano estudiante bastante atorrante y un marido ingeniero ausente al que se lo espera. Queda al descubierto los mecanismos de conservación de la clase media. La idea de que la vida es una escalera y que los de abajo le hacen cosquillas a los de arriba y los de arriba le dan patadas al de abajo.
Hubo dos intervenciones notorias por parte de los espectadores: una risa al hablar sobre crisis y oro en el banco,  y un pedido sobre el sonido de la voz, por si algún despistado se olvidó que estaba viendo ficción y que lo que estaba ocurriendo fue único e irrepetible. Fue muy emotivo el cierre, ver a tantas personas que trabajaron con el máximo respeto, habló la asistente de dirección, se sumo el director, algunos actores  lloraban, saltaban, lanzaban vivas al aire. Y hubo ovaciones y el aplauso fue largo y estábamos todos ahí, los que pasaron por esa sala, los espectros de los actores que hicieron esos personajes y los personajes próximos que harán esos actores y que se deja entrever en un gesto de los cuerpos sobre el escenario.
También sonó la canción de Franela que es cortina musical del programa 6-7-8 y yo me acordé del video clip y aplaudí mucho a Gorostiza que en ese momento era un montón de gente, incluso nosotros que siempre seremos indómitos.





[1] Ordaz Luis, El teatro en el Río de La Plata. Cap. II del apéndice “la última década”, Pág. 287-288. Ediciones Leviatán, 1957.
[2] Gorostiza Carlos El merodeador enmascarado. Seix Barral, 2004
[3]  Fue asistente de “Vuelo Capistrano” otra obra de Gorostiza, dirigida por Agustín Alezzo. Se formó también con Julio Chávez, Lili Popovich, Joy Morris, Miguel Cavia, Paula Mellid